Hacía un calor descomunal, de modo que tuve que huir de la Ciudad de México. Mi destino fue Pachuca, que se caracteriza por su constante viento frío. Sin embargo, ahí hacían 38 grados y mi pobre perro Adam, no podía con su calor. Se restregaba contra el piso y bebía y bebía agua.

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Comencé bebiendo agua también, pero la sed no paraba. Tampoco soportaba ver la manera en que  mi perro sufría, de modo que la necesidad de evadirme fue terminante. Saqué un vino rosado del refrigerador, me serví una copa y le serví un poco a Adam en su plato. Gradualmente el calor del exterior se incorporó a mi cuerpo de una manera parsimoniosa y agradable. Supuse que Adam experimentaba algo similar porque se recostó en el piso con gran placidez. El único problema era que cuando caminaba no tenía muy buen equilibrio y se patinó un par de veces por el patio de casa de mi madre. A mí, el vino me hacía muy buen efecto, me sentía en la playa. Puse la canción "Vamos a la playa" en el estéreo y coloqué un par de camastros en el pequeño jardín trasero. En uno estaba Adam roncando y en otro yo, mirando el lento paso de las nubes y escuchando atentamente la falta de ritmo en el zumbio de los mosquitos.


Los Joao no nos animaban demasiado, así que boté el disco y lo cambié por Blonde Redhead. Mi perro de pronto, parecía muy francés y yo, para nada me sentía ebria, más bien parecía que el mundo trataba de anunciarnos algo. Sin previo anuncio ni nada, una tormenta apocalíptica cayó sobre la ciudad. Adam y yo quedamos empapados porque nuestra ebriedad no nos permitió movernos rápido. Nos resguardamos en la sala y como no había electricidad por la tormenta, prendí una vela y le leí a Adam un fragmento del libro azul de Joyce. Como se veía tan interesado, seguí con la lectura de Flush (Virginia Woolf). Es todo lo que puedo recordar.  Amanecí con el perro a mis pies, con la cabeza revuelta y confundiendo perfectamente ambas lecturas.


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