"Las naves bajo el agua
tienen nombre de niña"



Me gustó tanto esa frase, que en medio de la película me la escribí con pluma en la mano a ciegas. Se la dice Dickes a Jeliza-Rose cuando le muestra su submarino imaginario, que es una especie de morada hecha con tablas de madera superpuestas y baratijas. Hablo de Tideland (Terry Gilliam, 2005). La fui a ver la semana pasada y no dudaría ni un segundo en recomendársela a todos aquellos que no la hayan visto y lean este blog.

La trama es cruda. La estética entre surrealista y fantástica, rayando en lo alucinante. La puesta en escena majestuosa. Grandes dosis de poesía visual. Ejemplo: Dickens (en lugar de zapatos utliza aletas para nadar) y lleva por supuesto gogles, nada en los campos dorados, es decir, avanza abriéndose paso con los brazos e impulsando su cuerpo a un ritmo que pareciera que las hierbas fueran agua y él en lugar de brincotear, nadara.

No menos importante es la figura del personaje principal: Jeliza-Rose, una niña que no separa realidad de ficción y tiene como mejores amigas imaginarias a cuatro cabezas destartaladas de muñecas barbies, padres junkies y se enamora de Dickens, que tampoco es muy normal que digamos. Dell, la hermana mayor de Dickens -especie de bruja moderna- confirma que la peli es básicamente un cuento de terror pero no por ello deja de ser bellísima. Sin duda, hay que verla.


tideland