El domingo me quedé encerrada en el traspatio de casa de mi madre al rededor de las 14:00hrs y nadie se iba a percatar sino hasta las 21-22 hrs dadas las particularidades de ese día. Pensé en tirarme en la hamaca colgada en ese lugar durante ocho horas cuando de pronto pensé que finalmente, permanecer ahí, era no hacer nada, afirmar una postura indiferente ante el problema, dejar pasar las horas...   la acción. Se me ocurrió saltarme la barda, cosa que nunca había hecho y en la cual, como se pude comprobar, parezco no tener especial talento. El miedo siempre estuvo presente, pero de todos modos la salté.

Me subí al lavadero y de ahí logré subir a la barda. Una vez en el borde, dudé mucho antes de saltar pues estaba muy alto. Cuando menos sentí, ya estaba resbalándome en mis propios brazos, resisitiendo o alargando la caída.  Evidentemente. me raspé muy feo. La piel me ardía y tenía enormes ganas de llorar, pero en el fondo, me sentía dueña de mis acciones. Durante los últimos 15 días fui objeto de las miradas más sospechosas, oscilantes entre la compasión y el aire reprobador de la gente del metrobus que iba cerca de mi. Algunos pensaban que me maltrataban en casa -los padres, un novio, un padrote, qué sé yo- y otros, los más, que era una mocosa-suicida. Me gané incluso el apodo temporal de "emo" pues mis heridas están a la altura de las venas de las muñecas y van de ahí hasta medio brazo y están presentes en ambos. Contrario a lo que muchos podrían pensar, esas heridas, me procuraron la sensación de reposo, de falta de ansiedad, al ser el resultado de una postura y una decisión.

Me senté en el borde de la barda y el viento me desquilibraba, supe que tenía que hacerlo rápido. Cuando sólo la parte superior de mis dedos estaba en el borde de la barda y yo pendía temerosa, sólo pensaba en que talvez me lastimaría una pierna y que seguro me había jodido los zapatos rojos de alicia en el país de las maravillas. No estaba bien vestida para saltar una barda puesto que tenía una especie de blusa-vestido corto sin mangas y unos pantalones debajo. Creo que por eso me raspé tan brutalmente los brazos. Una vez en el pasto del terreno baldío de al lado, recuerdo haber salido a toda velocidad y haber contenido las lágrimas ocasionadas por el dolor físico (mi umbral es muy bajo) hasta estar en el portón de casa. Ahí, la brisa sopló en cámara lenta y la gravedad del cemento, se difuminó como azufre en un remolino.

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